Publicidad:
Terra
La Coctelera

Desde un lugar de la mancha

Es decir, desde un lugar de la mancha de mi bolígrafo redacto esta misiva, momentos después de haber conocido el Pacífico en una playa oaxaqueña. Apenas conseguí un poco de dinero y pensé largarme lo más pronto de la península. En la mochila dispuse como equipaje dos libros de Borges, una estilográfica y un cuaderno para apuntes paisajísticos. El periplo lo realicé como pude: en carros guajoloteros, a pie, en trenes al estilo migrante guatemalteco, y, por último en un cadillac de una bella de corte caucásico que en una gasolinera perdida en medio de la nada, cuando yo tenía casi medio día intentando hacer que alguien me llevara, me preguntó si quería subir a su lado. Con una ecuanimidad impostada, de mi boca sólo salió un sí apenas audible. De inmediato la caucásica me cedió el asiento del copiloto, arrimando a Fifí –creo que ese era el nombre de su perra, que me gruñía incisiva cada vez que hacía el intento de calcular con mi vista la esferidad portentosa de los senos de su ama.

Para estallar el idiota silencio que secundaba al ronquido del motor, la caucásica puso en el estéreo una canción de Rigo Tovar. Explicó que le gusta sentirse pueblo, lo que me hizo pensar que si eso era lo que en verdad quería, con revolcarse conmigo sería suficiente, pues, que yo sepa, no poseo ningún pedigrí aristocrático, por el contrario, soy pueblo desde la coronilla hasta los hongos de los pies. Así pasamos dos horas, ella con Rigo y yo acariciando a Fifí, queriendo estrangularla.

La carretera evocaba una idea siniestra de la felicidad: parajes desérticos, polvo en el parabrisas, el anochecer que se estrellaba en mis ojos y la caucásica mirándome de reojo, semejaban la felicidad, o tal vez el equívoco de ella.

En Tuxtla, la caucásica, desde su visión celeste de bella altiva –su altivez, ¡claro que era la altanería orgánica de una mujer que tiene un hermoso culo, y lo sabe, y lo lleva consigo a todas partes!, ¿Dónde había leído eso?-, me lanzó la primera propuesta indecorosa de esta historia: “Te apetecería llevar a Fifí a que contamine el parquecito”. Estábamos en un mugroso café. Terminé un cigarrillo y no le pude decir que no, pues corría el peligro de que la perra embarrara mis mineros. Después de que Fifí cagara, la caucásica, ya en el asiento del automóvil, me dijo que iría al banco a sacar dinero y que necesitaba que la acompañara. Una poderosa razón me forzó a decirle que sí nuevamente: había sacado una magnum debajo de su asiento y la floreaba con erotismo, casi masturbándola. Con ella me señaló a la guantera abierta, que dejaba entrever un revólver acerado. “Agárrala querido”. No dudé en hacer lo que me pedía, el deseo y el temor hacia la caucásica –deseábala, temíala- puso en mis manos de ex poeta el revólver de marras.

En una calle angosta donde estacionamos el cadillac bajo la negrura sin luna de un roble de gorda copa, no había ni un transeúnte, excepto una pareja de enamorados que al parecer no tenían dinero para un hotelito y casi cogían en las bancas de un parque cagado por los pájaros. Caminamos con pasos raudos. La caucásica, sin dejar de trotar, se quitó de forma inexplicable las medias. Yo le dije que esperara a que entráramos a un hotel para que se desnudara, y ella contestó que no me andara con pendejadas y que me pusiera una. Llegué casi al paroxismo cuando olí la fragancia de esa prenda, sin poder ocultar mi depravado fetichismo.

En el banco sólo había una muchacha gorda que se pintaba las uñas, mascaba un chicle con el estilo de una talonera y veía un documental sobre la vida sexual de las morsas. “Este es un asalto señorita, etcétera”, dijo la caucásica y soltó a Fifí que de inmediato inspeccionó la zona, sacó los colmillos y se apostó en la entrada, gruñendo como un rotwailer. La muchacha gorda, con gemidos hipócritas de una perfecta talonera, rogó que no la matáramos. “No tenemos intención de matarte, cherié”, dijo mi camarada caucásica. En una mochila que traía, hizo poner a la muchacha talonera todo el dinero de la bóveda. “Ahora sí, querido, larguémonos, pero antes cállale la boca a esa pendeja obesa”. La amordacé lo más comedidamente y me dispuse a cargar la mochila repleta de fajos de a quinientos.

Salimos de Tuxtla con un paso de lince, silencioso pero rápido. Fifí volvió a su condición normal de perra de la burguesía. Dormimos un rato en un paraje boscoso, no sin antes comer unas fritangas que la caucásica traía en la guantera, y tomamos unos tragos de guaro que yo había comprado en un pueblo perdido allá en la Península. Ella, como para alejar malos hábitos o equívocos involuntarios, me dijo que me cuidara con ponerme impertinente, pues Fifí había castrado a no menos de diez. Le señalé que no tenía intención de violarla. Después de dormir no más de cuatro horas, reanudamos el viaje cuando el alba no rompía, es decir, antes de las cinco, por que la caucásica tenía ganas de bañarse en el mar, en unas playitas que quedaban detrás de unas lomitas.

La murria me empezaba a chingar en esos momentos, y ya extrañaba la atmósfera inhóspita de la península, con su calor descalcificante y con sus atardeceres arrebolados. Ella quiso indagar el motivo de mi periplo. Insinué que mi intención era hacer la revolución, buscar contactos guerrilleros y joder a los explotadores; es decir, mi prospectiva de vida era utópicamente indeseable. “¿Y quién te jodió tu corazoncito, poeta, digo, pues los que quieren purificar la mierda han de haber probado la hiel menos amarga, no? (Entonces yo no quise mencionarte, Susana). En el parabrisas ya se veía el horizonte marino. Fifí ladraba como perra en estro, cuando los cabellos de la caucásica se soltaron, castaños y rociados por las lanzas solares. Hurgué en el bolsillo de mi chamarra la cajetilla de los delicados que no traía.

Ella estacionó el vehículo nuevamente, se apeó, tiró a Fifí en la húmeda arena y dio esa orden que no me esperaba: “ahora sí, quiero que me cojas, querido”. Lo dijo tan seco, tan lascivamente seco, que las pocas gaviotas que se bañaban de arena alzaron el vuelo despavoridas.

Dejé de pensar en revoluciones pendejas, en contactos guerrilleros y lógicamente en ti, Susana. El único contacto que me importaba era el cuerpo de ella.

En el mar, la luz tempranera del sol fraguaba cristales fugitivos.

Desde un lugar de la mancha

Es decir, desde un lugar de la mancha de mi bolígrafo redacto esta misiva, momentos después de haber conocido el Pacífico en una playa oaxaqueña. Apenas conseguí un poco de dinero y pensé largarme lo más pronto de la península. En la mochila dispuse como equipaje dos libros de Borges, una estilográfica y un cuaderno para apuntes paisajísticos. El periplo lo realicé como pude: en carros guajoloteros, a pie, en trenes al estilo migrantes guatemalteco, y, por último en un cadillac de una bella de corte caucásico que en una gasolinera perdida en medio de la nada, cuando yo tenía casi medio día intentando hacer que alguien me llevara, me preguntó si quería subir a su lado. Con una ecuanimidad impostada, de mi boca sólo salió un sí apenas audible. De inmediato la caucásica me cedió el asiento del copiloto, arrimando a Fifí –creo que ese era el nombre de su perra, que me gruñía incisiva cada vez que hacía el intento de calcular con mi vista la esferidad portentosa de los senos de su ama.

Para estallar el idiota silencio que secundaba al ronquido del motor, la caucásica puso en el estéreo una canción de Rigo Tovar. Explicó que le gusta sentirse pueblo, lo que me hizo pensar que si eso era lo que en verdad quería, con revolcarse conmigo sería suficiente, pues, que yo sepa, no poseo ningún pedigrí aristocrático, por el contrario, soy pueblo desde la coronilla hasta los hongos de los pies. Así pasamos dos horas, ella con Rigo y yo acariciando a Fifí, queriendo estrangularla.

La carretera evocaba una idea siniestra de la felicidad: parajes desérticos, polvo en el parabrisas, el anochecer que se estrellaba en mis ojos y la caucásica mirándome de reojo, semejaban la felicidad, o tal vez el equívoco de ella.

En Tuxtla, la caucásica, desde su visión celeste de bella altiva –su altivez, ¡claro que era la altanería orgánica de una mujer que tiene un hermoso culo, y lo sabe, y lo lleva consigo a todas partes!, ¿Dónde había leído eso?-, me lanzó la primera propuesta indecorosa de esta historia: “Te apetecería llevar a Fifí a que contamine el parquecito”. Estábamos en un mugroso café. Terminé un cigarrillo y no le pude decir que no, pues corría el peligro de que la perra embarrara mis mineros. Después de que Fifí cagara, la caucásica, ya en el asiento del automóvil, me dijo que iría al banco a sacar dinero y que necesitaba que la acompañara. Una poderosa razón me forzó a decirle que sí nuevamente: había sacado una magnum debajo de su asiento y la floreaba con erotismo, casi masturbándola. Con ella me señaló a la guantera abierta, que dejaba entrever un revólver acerado. “Agárrala querido”. No dudé en hacer lo que me pedía, el deseo y el temor hacia la caucásica –deseábala, temíala- puso en mis manos de ex poeta el revólver de marras.

En una calle angosta donde estacionamos el cadillac bajo la negrura sin luna de un roble de gorda copa, no había ni un transeúnte, excepto una pareja de enamorados que al parecer no tenían dinero para un hotelito y casi cogían en las bancas de un parque cagado por los pájaros. Caminamos con pasos raudos. La caucásica, sin dejar de trotar, se quitó de forma inexplicable las medias. Yo le dije que esperara a que entráramos a un hotel para que se desnudara, y ella contestó que no me andara con pendejadas y que me pusiera una. Llegué casi al paroxismo cuando olí la fragancia de esa prenda, sin poder ocultar mi depravado fetichismo.

En el banco sólo había una muchacha gorda que se pintaba las uñas, mascaba un chicle con el estilo de una talonera y veía un documental sobre la vida sexual de las morsas. “Este es un asalto señorita, etcétera”, dijo la caucásica y soltó a Fifí que de inmediato inspeccionó la zona, sacó los colmillos y se apostó en la entrada, gruñendo como un rotwailer. La muchacha gorda, con gemidos hipócritas de una perfecta talonera, rogó que no la matáramos. “No tenemos intención de matarte, cherié”, dijo mi camarada caucásica. En una mochila que traía, hizo poner a la muchacha talonera todo el dinero de la bóveda. “Ahora sí, querido, larguémonos, pero antes cállale la boca a esa pendeja obesa”. La amordacé lo más comedidamente y me dispuse a cargar la mochila repleta de fajos de a quinientos.

Salimos de Tuxtla con un paso de lince, silencioso pero rápido. Fifí volvió a su condición normal de perra de la burguesía. Dormimos un rato en un paraje boscoso, no sin antes comer unas fritangas que la caucásica traía en la guantera, y tomamos unos tragos de guaro que yo había comprado en un pueblo perdido allá en la Península. Ella, como para alejar malos hábitos o equívocos involuntarios, me dijo que me cuidara con ponerme impertinente, pues Fifí había castrado a no menos de diez. Le señalé que no tenía intención de violarla. Después de dormir no más de cuatro horas, reanudamos el viaje cuando el alba no rompía, es decir, antes de las cinco, por que la caucásica tenía ganas de bañarse en el mar, en unas playitas que quedaban detrás de unas lomitas.

La murria me empezaba a chingar en esos momentos, y ya extrañaba la atmósfera inhóspita de la península, con su calor descalcificante y con sus atardeceres arrebolados. Ella quiso indagar el motivo de mi periplo. Insinué que mi intención era hacer la revolución, buscar contactos guerrilleros y joder a los explotadores; es decir, mi prospectiva de vida era utópicamente indeseable. “¿Y quién te jodió tu corazoncito, poeta, digo, pues los que quieren purificar la mierda han de haber probado la hiel menos amarga, no? (Entonces yo no quise mencionarte, Susana). En el parabrisas ya se veía el horizonte marino. Fifí ladraba como perra en estro, cuando los cabellos de la caucásica se soltaron, castaños y rociados por las lanzas solares. Hurgué en el bolsillo de mi chamarra la cajetilla de los delicados que no traía.

Ella estacionó el vehículo nuevamente, se apeó, tiró a Fifí en la húmeda arena y dio esa orden que no me esperaba: “ahora sí, quiero que me cojas, querido”. Lo dijo tan seco, tan lascivamente seco, que las pocas gaviotas que se bañaban de arena alzaron el vuelo despavoridas.

Dejé de pensar en revoluciones pendejas, en contactos guerrilleros y lógicamente en ti, Susana. El único contacto que me importaba era el cuerpo de ella.

En el mar, la luz tempranera del sol fraguaba cristales fugitivos.

Cubanías

Leo las últimas notas periodísticas que aparecen en la prensa de la Península, y me aburre la monótona información que refiere, entre otras cosas y para no variar, de los vaivenes de la reforma energética, chingada, –como debería de ser- por una izquierda distinta a la izquierda paleolítica de los amlistas (el análisis histórico-político de Lorenzo Meyer que tuve el gusto de escuchar y gravar en videocasete por la televisión del Congreso, lo considero lo más lúcido y acertado que se dio), de la polución del narco y la “virtual defenestración” que Cuauhtémoc Cárdenas –apoyado por una izquierda en desbandada- hiciera contra el rayito de esperanza, López Obrador. Julio Teissier, un fervoroso anti-peje, sobre esta posible reposición del ochentón Cárdenas en su partido que saliera del brutal fraude del 88, indicaba en su columna del sábado 21 de junio que el ganón sería en exclusiva el tlaxcalteca Ebrard (tlaxcalteca porque profetizo en el destino burgués de este güerito traición a su jefe): “Pero el que saltó y se apoderó del resultado de la jugada fue…Marcelo Ebrard, el heredero de Andrés López en el gobierno de la ciudad, que se ha convertido en rival del tabasqueño con su clara aspiración a volverse en el candidato del PRD a la presidencia en las elecciones de 2012”. Yo creo que las apuestas por la Silla Grandota aún están verdes, y muchos saldríamos perdiendo en unas quinielas tan a destiempo…Recordemos que en el segundo año de Fox nadie daba un peso por el Generalito Calderón; es más, ni siquiera sabíamos que soñaba en esa desaforada proporción con la victoria, “haiga sido como haiga sido” esa pírrica victoria contra AMLO. El tiempo –que no perdona casi nada, salvo el olvido aclararía Borges- dirá quién de las manzanas podridas (el lúbrico Creel, el represor en Atenco Peña Nieto, el salinista Ebrard, o el mercurial, voluble y ya grisáceo Obrador) resiste mejor al óxido quemante y a los broncos coletazos de la rupestre política nacional. Por lo pronto Ebrard tiene frente a su escritorio el pedote de las nueve muertes de jóvenes en la discoteca New’s Divine, que según el informe de la Secretaría de Seguridad Pública chilanga, murieron por asfixia cuando se dio la estampida. Por lo pronto el país se desangra en una guerra intestinal que un gobierno militar como el del Generalito Calderón moviliza contra el narco (aquí vale citar un comentario de un filósofo pescador de la bahía de Chetumal muy amigo mío: “caen los charales, pero los peses gordos, los cetáceos, ¡ni madres! Porque ellos se encuentran en las aguas profundas de la élite política-económica”). No se escatimará costos contra el narco, dicen los altos funcionarios de la derecha, salvo si en ellos entraran el respeto a los insulsos derechos humanos por parte del Ejército mexicano. Porque si de respetar a los derechos humanos, éstos clarísimo que implican altos costos a una soldadesca cuyo antecedente proviene de la escuela del crimen del 68, se fragua en la guerra sucia y genocida de los años 70, y se depura en las más recientes y pánicas noticias que nos vienen desde Chiapas de las incursiones armadas y con tanquetas que el Ejército de Calderón realizara en municipios autónomos zapatistas de ese sufrido estado. En el norte del país existen muchos casos en que el Ejército mexicano es acusado de asolación a la población civil, so pretexto de expurgar sospechosos. El Ejército también es señalado por asesinatos “accidentales” ocurridos en los anticonstitucionales retenes, o en violaciones tumultuarias a prostitutas. El caso de la muerte de una anciana indígena en el estado de Veracruz –violada hasta más no poder por militares que hasta la fecha no reciben el peso de la ley, porque ésta, esta ley que invocan los bobos y los gánsters, ha sido siempre ligera con los que tienen el suficiente capital para prostituirla, casquivana como una putilla que se vende por dinero-, a nadie le importa y a nadie le interesa, ya que, al fin de cuentas, ¿es importante la vida de una mujer en extrema pobreza, fantasmagórica para una élite racista como la élite que nos gobierna con las consignas del fascismo a lo Franco?

El ombudsman nacional, Soberanes, un cerdo que dice que los derechos humanos le incumbe únicamente a su dependencia, junto con la plana mayor militar, el Generalito Calderón, el “español de pura bestia” Mouriño y la partidocracia que nos atosiga, han negado la ayuda gringa del Plan Mérida, invocando muy aguerridamente a la tan desprestigiada soberanía nacional (misma soberanía que, si de llevarse a cabo las reformas energéticas, y si entrara el capital gringo y español en Pemex, me daría en qué pensar la aparente contradicción de términos en que incurre el gobierno del Generalito Calderón), porque, según la visión tan esquizofrénica de estos cerdos, indica que si los gringos piden cuentas al Ejército de sus operaciones de “policía” en tiempos de una sui géneris paz mexicana (por ese de que rueden cabezas de decapitados en discos y centros nocturnos), esto escupe con flagrancia nuestra huraña soberanía nacional. Denise Dresser lo ha sintetizado de esta forma:

“Felipe Calderón, y José Luis Soberanes, y Ruth Zavaleta, y Juan Camilo Mouriño, y Santiago Creel, y Ricardo García Cervantes, y Rosario Green y todos los que han empuñado las armas para defender el orgullo herido ante la supuesta agresión extranjera tienen algo en común: están peleando la guerra equivocada. Están buscando reclutas para una mala causa. Más que convocar a la defensa de un concepto abstracto y políticamente manipulable como lo es la soberanía, deberían abocarse a la defensa de mexicanos de carne y hueso. Más que rehusar condiciones para proteger los derechos humanos, deberían exigirlas. Porque el verdadero patriotismo nace de un sentido de responsabilidad colectiva y habrá que generarlo para que no haya más mujeres violadas por el Ejército, ni más hombres golpeados en los retenes, ni más jóvenes acribillados afuera de un Campo Militar, ni más ciudadanos víctimas del daño colateral, ni más crímenes sin castigo. Ésa es la guerra legítima que el país entero debe pelear. Ésa es la guerra necesaria que los mexicanos necesitan librar. Porque como lo escribió André Gide: “Los nacionalistas tienen odios anchos y amores angostos”. Y en cuanto a la protección de los derechos humanos, quizás convendría odiar menos a los estadounidenses y amar más a los mexicanos”.

El frente abierto contra el narco, tal parece que, por mientras, está perdido aunque se confisquen toneladas de coca y arsenales que causan un soponcio hasta al más refinado guerrillero (los gringos, sin buscar chivos expiatorios para exculpar a la criminal clase política, sí que tienen la culpa cuando ofertan, aparte de un “libre” mercado no tan claro como es el que se estructura en el TLCAN, un gigantesco mercado negro de armas, que van desde simples pistolitas hasta morteros antitanques).

Otro frente que se abre –abierto tal vez desde el inicio de la era Fox cuando el “Zorro” mandilón le espetó al cuasi-cadáver Castro que se limitara a comer y se largara a su Cuba totalitaria- es el paso de indocumentados cubanos por territorio nacional, yendo por la anfractuosa geografía nacional como si fueran por el solar paterno…En Quintana Roo, específicamente la dependencia de Migración en la ciudad de los curvatos y de los burócratas siniestros, Chetumal, desde el año pasado el ex subdelegado de esa dependencia federal en el Puente Internacional de Subteniente López, denunció las sistemáticas corrupciones del hoy arraigado Diteo Domingo Domínguez y compinches, delegado en ese entonces de INM. Lo cierto es que esta Mafia Cubana, cuya matriz se encuentra en Miami –financiada por la fundación Mass Canosa y otros gánsters de cuello blanco- y con “delegaciones” en Mérida y Cancún-, moviliza un arsenal tecnológico –radares satélites, yates ultrasónicos, pasaportes falsos expedidos por ¿quién más sino Migración de Quintana Roo?-, troquelando exorbitantes sumas de dólares con los “gusanos” que logran llegar a suelo gringo. Por supuesto, nadie resiste un cañonazo de 50,000 dólares, y mucho menos un funcionario de Migración corrupto. Por supuesto, allá está esa ley gringa de pies mojados abierta para todo hombre o mujer que no quiera estar en la Isla cuando Fidel decida morirse. Por supuesto, la pequeñita glasnost del alcohólico Raúl Castro –sin visos de cambios políticos hacia la democracia- no complace a los “gusanos” demócratas, y pos estos deciden largarse…El caso es que la dictadura antillana, involuntariamente, es el responsable directo de la red de traficantes de humanos.

Aforismos de mi cigarro

En el dominio de la poesía la verdad es múltiple, trascendente.

La poesía es la única forma valedera a todo lo humano, es la realidad visible de lo invisiblemente contradictorio: la inteligencia puesta al día por sus conciudadanos.

El hombre sólo puede expresar sus desarraigos, o lo que es peor, sus envilecimientos corporales, lingüísticos.

Se expresa un leve sentido por imposible que parezca, aunque es cierto que lo más profundo es inexistente: estamos inmersos en la apariencia cotidiana de las cosas vulnerables. De ahí que escribamos para aprehender las fugaces bellezas.

El pensamiento sistemático es lo más aburrido que existe, por eso la poesía y Nietzsche no aburren.

Conocer es un acto puro de barbarie.

La naturaleza no conoce. En realidad solo el poeta conoce, pero su conocimiento es irreductible a otro cognoscente. Cuanto más, el lector de poesía solo busca la atonalidad, la consonancia, o un ritmo que lo seduzca o lo acalle.

El tiempo es uno de los atributos del hombre, aunque lo trágico venga del movimiento del tiempo. La verdadera poesía no es tiempo.

Dios está fuera del tiempo, es un concepto irreal. Dios es un poeta que, cuando se le ocurre lanzar una metáfora construye un mundo o manda a la chingada a los hombres.

Se conoce contra los prejuicios, al conocer violentamos nuestra naturaleza. Los prejuicios del poeta deben ser transfigurados por el filtro de la métrica.

Lo más inhumano en el hombre sólo es posible de explicar con una única razón: su chaladez estriba sobre el cuerpo de una ideología o de una mujer. El poema es un monstruo que da cabida a estos dos movimientos del alma.

Las prostitutas seducen por el hecho de estar más cerca de la irracionalidad creadora de los poetas. Mesalina, a su modo, fue un poeta del rango de Safo.

Una mujer hermosa sin tapujos que se va a la cama con cualquiera es más casta que una mojigata: es un producto más allá de la humilde naturaleza de una santa. La evolución natural la ha llevado al pináculo de las especies: debajo de sus caderas todos los hombres –incluido el poeta –se arrodillan a su violenta naturaleza.

El lenguaje de un hombre es lo único que aborrezco.

Un orgasmo femenino es mejor que escribir un soneto surrealista.

En la actualidad, el espíritu heroico colinda con lo anacrónico y lo cursi. El bardo andante es un simulacro de hombre.

Dios no pudo haber creado al hombre, es decir, Dios no pudo haber creado una poesía tan simple.

Dios no debió haber creado al hombre, es decir, Dios no debió haber creado el arte que se contradice.

La tarjeta de crédito, el celular y la Internet han desplazado a la cruz.

Yo estoy condenado al ascetismo…por hoy.

Todos los hombres se odian naturalmente los unos a los otros. Hobbes pensó en mayor profundidad que Jesús, de ahí que su filosofía me seduzca en demasía.

Hacer un análisis retrospectivo de la vida del otro es como entrar en un sueño e interpretarlo con los usos insulsos de la lógica de siempre…

Un chandala o un nihilista melancólico como el que esto suscribe, excluido voluntaria o involuntariamente del género humano, no se atreve, no por comodidad sino por aburrimiento, a tomar partido o a crear su ideología para confrontarse en la lucha de clases

Mis semi-silencios me acompañan

El principio de identidad es nacionalista

Reafirmo el pasado…. mi pasado, por encima, frente y frontalmente contra el presente…

Tuvieron que pasar más de 2,500 años para que Helena de Troya reencarnara en el cuerpo de Violeta. Es una pena que yo no sea ni siquiera el perro de Paris…

Lo primero que se me ocurre para reconciliarme con la humanidad es la destrucción por bomba atómica de mi pueblo

El espíritu en su cordura se disgrega en la carne

Espero que algún día triunfe el comunismo y que tú no seas más la propiedad privada de tu cónyuge.

El ala reptílica de mi cerebro idiotizado

Civilizados ¿por quién? Es mejor decir: Amaestrados, y preguntarse: ¿por cuál domador?

La Jergafasia de los filósofos, la idiotez semántica del pensamiento puro. Yo creo muy profundamente en lo que dijera Wittgeinstein: “Acerca de lo que uno no puede hablar, debe uno callar.” Se hipostasia la inteligencia con la verborrea indiscriminada de palabras nescafé. Eso dejadlo en manos de poetas herméticos.

El hombre ya no es un fin en si mismo. El hombre se ha devaluado. La mujer ya no quiere saber nada de él.

Sólo se globaliza la pobreza y la estupidez de occidente.

Ninguna guerra es justa, salvo la de primates.

La inteligencia es bella ¿Por qué no habría de serlo?

Toda heterodoxia deviene, a la vuelta de los días, en la más irracional ortodoxia. Toda revolución (festiva, heterodoxa) deviene en una revolución petrificada, cerrada, autista, homicida como la cubana.

Se globaliza la mierda, el aburrimiento, el hastío. ¿Acaso no sabemos globalizar otras cosas?

Creo que con el tiempo, todos mereceremos leer a Borges.

Escribir por ejemplo, un futuro libro que llevase por título: “El porvenir de una desilusión.”

La ambición es un exceso de vanidad. Nunca he entendido la vanidad de la ambición. Soy un pobre hombre que, en su simple reducto de vida, sólo es capaz de ambicionar el Nóbel.

Está bien así, dejen a la Razón sin Alma. No le pongan pesos muertos, vanas rémoras teológicas.

¿Por qué sigue viva la pasión atávica por destruir al otro? No sé, yo apenas voy por el degüellamiento de los Hunos, que en nada se parecen a las gentes decentes. Mañana haré patria, mataré mil chilangos.

El hombre es el único animal que se complica la vida: crea a la mujer de su costilla, le canta y le compone versitos, se angustia por que no lo aceptan, la deifica y, ya por último, sólo le produce aburrimiento. En definitiva, el hombre es el único animal que se complica la vida.

Nietzsche y se acabo la pinche filosofía.